La sociedad asiste muda al inicio de la revisión
del sistema político español. Pero si no adopta un papel activo del que ahora
está muy lejos, su pasividad va a suponer que el próximo ciclo político que
viva España volverá a estar condenado al fracaso.
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| Cánovas y Sagasta |
En los últimos meses estamos asistiendo a un proceso acelarado de
búsqueda de soluciones al desastre en que andamos metidos. De repente se diría
que los sectores más conscientes de la sociedad española han tomado conciencia
de que no podemos seguir ni un día más revolcándonos en la pendiente de nuestra
propia destrucción.
Partidos, instituciones públicas y privadas, organizaciones sociales,
movimientos ciudadanos, medios de comunicación… Desde distintos ámbitos se
reclama una reflexión sobre nuestro modelo político y la apertura de un proceso
de regeneración del sistema:
- Escuchamos críticas cada vez más duras críticas de dirigentes políticos de primera fila hacia sus propios partidos (Francisco Vázquez, José Antonio Monago).
- Asistimos a los intentos de formar nuevos partidos políticos (Alejo Vidal-Quadras, Gaspar Llamazares).
- Se presentan iniciativas que desde distintas perspectivas ideológicas proponen una revisión del sistema político: el congreso y el libro libro Recuperar España. Una propuesta desde la Constitución; el Manifiesto de los 100 y la iniciativa Por una nueva ley de partidos.
- La sociedad civil y la calle empieza a tomar iniciativas al margen de los cauces establecidos: el Manifiesto de las asociaciones Escaño33, Sesión de Control y Enraizados; la declaración Menos poder, más sociedad, de HazteOir.org, los movimientos callejeros más o menos violentos contra el sistema en general o contra aspectos derivados de la situación económica.
- Los periódicos se llenan de editoriales y páginas de opinión reclamando cambios profundos en el funcionamiento de los partidos políticos y en el propio sistema de representación.
La sensación de urgencia y gravedad empieza a calar en los sectores
más activos de la opinión pública, en aquellos que antaño se denominaban
élites. Y eso incluye una parte importante de la actual clase política, que se
está subiendo al carro de la regeneración.
Pero el sistema no podrá regenerarse si los agentes que lo han
corrompido se convierten en sus redentores.
Si el problema son los
partidos, sus dirigentes ya no son la solución
Los sondeos oficiales señalan con tozudez que la ciudadanía considera
a los políticos como parte del problema, por lo que ya no pueden constituirse
en solución. Y resulta ingenuo suponer en las actuales Cortes la grandeza de
miras (y también el miedo) de las Cortes del franquismo. No se repetirá el harakiri
de 1976. Faltan kilómetros de talla política, intelectual y aun humana.
Sin embargo hoy no parece haber alternativa. Porque frente al fracaso
del modelo de representación diseñado en la transición, e incluso frente al
fracaso de la propia Constitución, no surgen voces nuevas en la sociedad, que
permanece pasiva, muda, cuando no cómplice.
Y ese silencio ciudadano perpetúa la degeneración del sistema.
Una nueva legitimidad
¿Se puede salir del sumidero de la mano de aquellos sectores del poder
menos corrompidos? Es posible que así deba ser. De los menos corrompidos o de
los más espabilados, de aquellos que olfateen el peligro y se cambien con
habilidad y rapidez de chaqueta. Algo de eso hay en UPyD y esa formación
constituye la esperanza de muchos ciudadanos para un nuevo ciclo.
Pero los menos corrompidos y los más listos no bastan para garantizar que evitemos un nuevo fracaso en la próxima generación.
El próximo ciclo histórico de nuestro país estará protagonizado por
algunos de los actuales líderes políticos, económicos y sociales, pero solo
conocerá el éxito si esos líderes han establecido un acuerdo con amplios
sectores de la sociedad.
El futuro inmediato se va a construir sobre una nueva legitimidad que
ya no nacerá del acuerdo entre los menos franquistas del franquismo y los menos
antifranquistas del antifranquismo.
Para que garantice realmente el futuro y sea de verdad representativa,
la nueva legitimidad debería nacer de un acuerdo entre los menos corrutos del actual
sistema constitucional y quienes hoy mueven las corrientes de la opinión
ciudadana.
La responsabilidad de los
movimientos ciudadanos
La misión de los movimientos ciudadanos en esta hora histórica es de
una gravedad extrema y su responsabilidad, inmensa. Permanecer en el ámbito propio de actuación se parecería
demasiado a un comportamiento egoista con la sociedad a la que quieren servir.
Los movimientos ciudadanos, que han conocido en España un desarrollo
extraordinario en la última década, deben ser una pieza clave en la formación
del próximo ciclo histórico de nuestro país. Agotado el modelo de partido
político de la transición, desprestigiado y corrompido, los movimientos ciudadanos son
sus herederos naturales en tanto no surja una nueva legitimidad que dé lugar a
renovadas formaciones más democráticas y representativas.
Los movimientos, asociaciones, plataformas y organizaciones civiles han de tener ahora la grandeza y el valor necesario para dar un paso al
frente. Y han de saber convertirse en banderas de los millones de ciudadanos
que, hoy callados y pasivos, apoyarán todos los pasos honestos que se den a
favor de un nuevo horizonte de convivencia.
